19 de junio de 2025Por Yahiro HernándezHay momentos en los que, aunque sabemos que Dios ha sido fiel, el alma se cansa. No de amarlo, ni de servirle, sino de esperar lo que todavía no llega. Muchos líderes y siervos del Reino han caminado por años con entrega, sosteniéndose por la gracia de Dios, viendo fruto… pero aún cargando anhelos no cumplidos o respuestas que parecen aplazadas. Con el paso del tiempo, esos anhelos —aunque legítimos— pueden empezar a tomar demasiado peso en nuestro interior.Pienso que eso sucedió con el hijo pródigo: quizá no se rebeló por maldad, sino por impaciencia, por ese deseo de construir algo propio, de tener una respuesta ya. Tal vez nosotros no nos hemos alejado tanto como él, pero muchas veces sabemos que no estamos tan cerca del Padre como quisiéramos. Podríamos parecernos más al hermano mayor, que permaneció en casa, pero cuyos deseos no cumplidos lo llevaron a condicionar su obediencia. Cuando su hermano regresó, no pudo celebrar; solo pudo reclamar. Su obediencia se había vuelto moneda de cambio: “Te he servido todos estos años, ¿y nunca me diste…?” El hijo mayor estaba cerca físicamente, pero lejos en comunión.Al final, tanto el hijo pródigo como el hijo mayor necesitaban volver al corazón del Padre. Uno desde la culpa, el otro desde el resentimiento.La culpa o el resentimiento pueden generar una mentalidad errónea en nuestra vida. El hijo pródigo no volvió reclamando su lugar como hijo. Solo quería regresar, aunque fuera como uno de los siervos. ¿Por qué? Porque en lo natural, cuando alguien sirve bajo un jefe, recibe órdenes claras y, al cumplirlas, se le da un pago. A veces quisiéramos que así fuera con Dios: “Dame instrucciones concretas, Señor, y las cumpliré. Solo háblame y haré lo que me pidas.” Tal vez así —pensamos— esos anhelos no cumplidos encontrarían un camino. Pero muchas veces el Señor nos ha hablado y quizá no hemos obedecido, “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” — Lucas 6:46. O quizá como el hijo mayor, también nosotros podríamos condicionar nuestra obediencia a lo que Dios esté dispuesto a darnos.Lo que me impacta del hijo pródigo es que estuvo dispuesto a regresar como fuera, incluso como siervo. Eso revela un cambio de corazón hacia la madurez. Él llegó a pensar que ya no merecía nada como hijo, porque no quería ser un hijo cómodo, de los que creen que no necesitan hacer nada. Entonces pensaba regresar como jornalero. Pero el Padre, como siempre, fue más allá. No solo lo recibió: lo restauró, lo vistió, lo honró. Es ahí donde el Padre vio el potencial de formar a un hijo con corazón de siervo: uno que no trabaja por un salario, sino por la herencia. Un hijo como Jesús, que:“Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo…”— Filipenses 2:7Jesús nos enseñó que ser hijos no excluye la actitud de siervos. Al contrario, la perfecciona. El verdadero hijo sirve con obediencia, no por obligación, sino por amor, sabiendo que todo lo que tiene el Padre le pertenece. Eso es lo que no logró entender el hijo mayor. Cuando servimos por amor, somos fieles, y cuando somos fieles podemos entrar en el Gozo de nuestro Señor, en la celebración de lo que alegra el corazón del Padre.Aún Jesús en su momento más difícil, también tuvo un deseo no cumplido… y lo entregó:“Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”— Lucas 22:42Él deseó —humanamente— evitar el sufrimiento. Pero en esa entrega total a la voluntad del Padre vino la mayor victoria. Así también nosotros: a veces, nuestros deseos más sinceros deben pasar por la cruz antes de convertirse en fruto del Reino. Dios está usando esos anhelos no cumplidos para formarnos como hijos fieles, no solo como siervos productivos.Por eso, cuando el alma se cansa por lo que aún no llega, no debemos reprimir esos anhelos ni usarlos como justificación para alejarnos, sino llevarlos al lugar donde Jesús los llevó: al altar de la obediencia.Porque cuando un hijo decide obedecer por encima de su deseo, el corazón del Padre se agrada. En sus manos, nuestros deseos son escuchados, probados y guiados hacia su propósito. Y si llegan a cumplirse, ya no nos gobiernan, porque en el proceso aprendimos a servir sin depender de ellos.Aprendimos a ser hijos con corazón de siervos…